El más largo viaje
A Elena Asins le gustaba recordar una cita de Pitágoras que decía: “Cultivad la ciencia de los números, porque nuestros crímenes no son más que errores de cálculo”. Acerca de esta frase, comenta ChatGPT que “el universo entero estaba regido por el orden, la proporción y la armonía, siendo los números la esencia de todas las cosas. Bajo esta visión filosófica, el mal y las malas acciones no se entendían como impulsos oscuros o inexplicables, sino como una desarmonía o un fallo de proporción en el comportamiento humano”.
La idea del arte, primero griego, luego romano y finalmente renacentista, se basaría en este orden perfecto, equilibrado y armonioso, matemáticamente justo y, por lo tanto, bello. La proporción áurea y esas zarandajas.
Sobre esto, recuerda Cachito Vallés su fascinación por las formas creadas por Asins y por Gerardo Delgado en el Centro de Cálculo en los años setenta, precisamente basadas en estas ideas: la repetición y la variación. En ellas ha trabajado insistentemente. “Me interesaba formalmente una construcción de la imagen abstracta pero orgánica, creando tensiones y buscando relaciones entre tecnología y naturaleza, entre lo místico y lo tangible”, explicaba en una entrevista reciente.
Para una serie de dibujos partió, justamente, de un archivo de imágenes creado sobre fragmentos y detalles de obras de Asins. Para plasmarlos sobre el papel fabricó una máquina, creada manualmente por él mismo, que los reproducía con un rotulador. El aparato, sin embargo, por su propia naturaleza mecánica, daba lugar a variaciones inesperadas: distorsiones en el trazo, simplificaciones, atajos. Malentendidos tecnológicos que, paradójicamente, llevaban a la originalidad, a la unicidad, a la humanidad en definitiva. Lo humano es un glitch. El arte es un glitch.
En sus obras se mezcla la plástica de lo tecnológico, lo mecánico y lo industrial con conceptos como el tiempo, la creación o el conocimiento. La frialdad con la trascendencia. La geometría y el movimiento con la subjetividad y la consciencia.
El trabajo de Vallés se basa en la fisicidad de los objetos para llegar a través de ella a una reacción inmaterial. La máquina y el mecanismo que nos conducen a lo intangible de la luz o del tiempo, a la asociación libre del espectador, a lo espiritual. Más que una obra abierta a la interpretación del que la contempla, Vallés busca una comunión, la aparición de un momento de relación entre la pieza y el espectador. Lo que pretende no es tanto una mirada, sino un vínculo, una conexión.
Las máquinas de Cachito Vallés no producen, son capitalisticamente inútiles. En un mundo en permanente revolución industrial, no sirven para nada. Son máquinas tautológicas. Como el arte, que sólo es para serlo.
En ese mismo sentido, cuando plantea una exposición no pretende crear una línea narrativa coherente, sino una serie de impulsos paralelos y constantes que den lugar a una serie de lecturas libres, subjetivas y expandidas. En su obra hay ecos de Dan Flavin o de James Turrell, pero también de Mark Rothko, Robert Ryman y Sol Lewitt. Como en todos ellos, lo geométrico y lo abstracto buscan lo místico y lo sublime.
Un día, rebuscando entre libros de viejo, Vallés se encontró con una edición antigua del libro de E. M. Forster El más largo viaje. Le llamó la atención el diseño de la portada, toda negra, con un recuadro en la esquina inferior izquierda, que parece recortado y que dejaba ver una capa subyacente en la que asomaba lo que parecía ser una fragmento rocoso. Efectivamente, a primera vista recuerda a uno de esos cuadros abstractos de alguno de los autores mencionados. El texto es, en realidad, una autobiografía del autor británico, una serie de evocaciones de distintos momentos de su vida que, reunidos, componen un relato biográfico que nos muestra cómo llegó a ser la persona que los escribió. Es, por tanto, una narración fragmentaria que, a través de una lectura subjetiva, nos explica cómo el autor se explica su vida. El propio Forster decía sobre su propio libro que no era sino “ese punto de unión entre corazón y mente donde salta la chispa del impulso creador”.
En el texto para un catálogo Cachito Vallés decía a su vez: “considero cada experiencia un modo de aprendizaje, y hago de cada proyecto, una oportunidad de superación para mi obra y para mí mismo.
Joaquín García